Amistad circunstancial
I
A quiénes habremos olvidado en el camino,
por no recordar de ellos el rostro, o cómo se llamaban.
Dónde habremos dejado el incienso que perfumaba
los senderos que nuestros pies juntos palparon.
Cuántos años debíamos haber aguantado, comentamos,
para que lo nuestro alcanzase la eternidad.
En los días en los que compartimos el mismo destino,
ahí se quedaron nuestros abrazos y el deseo
de seguir conociendo quien éramos y quien seguíamos siendo.
Allí quedó el trenzarnos el cabello,
el compartir la mirada en el mismo techo estrellado.
Trocar diminutos gajos acebos por risas,
por un minuto de compañía bajo el sol de invierno.
Podríamos buscar culpables y maniatar al tiempo,
amenazarlo hasta que dé razones de su prisa.
Pero, seguramente, altivo ahí en su silla, nos respondería
que necios somos, que deseamos recuperar una circunstancia.
Y quizás ni así nos daríamos cuenta
que estar en el mismo auditorio no fue un milagro
y de que el acuerdo siempre había sido claro.
El intercambio de un poco de vida por un poco de conocimiento.
Jamás existió garantía de conservar aquello
que por las circunstancias combinadas se sucedieron.
¿Fue por eso que seguimos intentando con fuerzas derrochadas
crear nuevas circunstancias que nos vuelvan a unir?
¿Es por eso que el amoretonado, chimuelo tiempo,
ahora ríe de nosotros?
Escupiendo sangre, aún altivo, seguramente nos diría
aquello que anhelamos preservar fue un regalo atemporal.
Así como el tiempo existe, y cuando se piensa en él, ya no existe.
Así aquel regalo, al no ser suyo, ya no existe más,
y tan solo cuando se le piensa, sigue existiendo.
II
Vayamos a mirar a las hojas pasear.
Vayamos a cantar en coro el cántico de la soledad.
Vayamos a contarnos nuestros sueños,
a pelar mandarinas sobre esa rueda.
Vayamos a tirar piedras a ese río,
a contarnos nuestros más terribles secretos,
para olvidarlos al día siguiente,
cuando vayamos a ejecutar esa guitarra sin cuerdas
y beber hasta que no podamos embriagarnos
sino de historias que hubiésemos deseado
haber transformado en realidades.
Vayamos devuelta a peinar esas muñecas,
a enviarnos esas cartas, a llorar esas novelas.
Vayamos devuelta a esa cena,
a perdernos juntos buscando yerba.
Vayamos juntos a sacar copias.
Vayamos juntos a la biblioteca.
Vayamos juntos a mirar a la sonriente Luna,
aunque en esos días me encontraba sola.
Manuscrito en Poemario Negro.
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