A mi flor enamorada

Esperanzada en la madrugada esperé tu llegada.
Admiré tu ausencia con ansia serena. 
Procuré tu crecer desde el fondo de mi ser. 
Con el oleaje de las nubes imaginé tu rostro, 
encontré en tu luna la luz de mi desgracia, 
la epopeya maldita que por ser contada ya está desgastada. 
Por cuanto todo aquello que se pudo haber hecho 
perdió hace tiempo ya todo significado
y aún con la consciencia funesta de todas las cosas 
el alma persiste en el afán de de admirarte, 
de mirar con recelo, por fin tu amanecer perecedero.

Prisionera de tu veredicto, ¿cómo no te pude ver?
Tus pétalos consagrados derretidos al sol. 
Te esperé bajo la luna mansa, 
era mi delirio verte florecer. 
Qué tan tarde habré llegado, 
por cuánto tiempo te habré sofocado 
en recuerdos mutilados
que aún debíamos haber formado. 

Pero si no eras vos,
era quien se cubría de un manto de cuerpo celeste.
Y si eras vos,
en un mundo donde todo es aparente,
te fuiste de mi y yo te sigo esperando.

Eternamente bella, cuán desconocida para mi
en mi deseo impertinente de tenerte.
Pero vas a ver muy seguramente
que mañana con mis pasos voy a volver
arrastrándome, trepándome hasta tus brazos
con la ansia única de saber cuál ha de ser
la esencia que da forma a tu ser terciopelado,
de tu color y de tu nombre
que un día ya habré olvidado.



Manuscrito en Poemario Negro. 

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