Mis niños

Escuché que reíste, que ternura de sonrisa.

A alguien llamaste, tu voz me la trajo la brisa.

Y yo seguí volteando, tratando de encontrarte.

Oh, rostro conocido, en aquel desfile andante.


Para el momento aquel, en que nuestras

miradas se encontraron, no, solo yo miré.

Pues en ese mar de miradas, de ojos perlados,

de sonrisas anheladas, por emoción afectadas,

nada mío existía, nada para mi era hallado.


Tan solo, quizá, una simple revelación,

el deseo de hacerlo mis niños a todos,

de a todos decirles hijos de corazón.


De hallar en sus pequeños pasos mis quebrantos,

de hallar en sus saludos a mí esa emoción

ajena a todo extrañeza, devota pero sin sumisión.


Con qué autoridad, con qué vergüenza pido este deseo

cuando te vi pequeño, aún pudiendo sostenerte en brazos,

por no ser mío no te pude haber arrebatado

y más con palabras severas busqué hacerte a un lado.


Con qué autoridad, con qué vergüenza,

después de haberme apartado.


Este espíritu mío

quizás nunca debería de soñar

con alguna vez verse involucrado.




Manuscrito en Poemario Negro.

Comentarios