Te amo: con este mi amor「espero」A mi flor enamorada

Esperanzada en la madrugada esperé tu llegada.
Admiré tu ausencia con ansia serena. 
Procuré tu crecer desde el fondo de mi ser. 
Con el oleaje de las nubes imaginé tu rostro, 
encontré en tu luna la luz de mi desgracia, 
la epopeya maldita que por ser contada ya está desgastada. 
Por cuanto todo aquello que se pudo haber hecho 
perdió hace tiempo ya todo significado
y aún con la consciencia funesta de todas las cosas 
el alma persiste en el afán de de admirarte, 
de mirar con recelo, por fin tu amanecer perecedero.

Me hice prisionera, también, de tu encanto cegador, 
de aquello que rechazamos mutuamente 
y aún embriagada en el rechazo
te esperé insistentemente. 

Porque para mí, un poco es mucho. 
A veces, incluso, demasiado,
y entre tenerte a mi lado
o jamás haber tenido pasado, 
prefiero esperarte eternamente. 
Que no llegues, aún si siempre estás llegando. 

Nos llamamos mutuamente por siempre, 
porque más allá de tus acciones 
o de lo que hayas decidido, 
este mi amor desdeñado, lo he decidido, 
jamás llegará a su destino. 

Jamás te daré de este amor, 
no será tuyo ni mío. 
Pero aún con todo lo vivido y sabido, no solo yo sabré
que tampoco jamás prohibiré a este corazón 
amar a cuanto sea que representes. 

Y aunque en tu ausencia partí, 
la luna seguía mostrándome el camino. 
Lástima que ese camino tenga marcado como destino
tus ojos tristes de melancolía
que le habían regalado una alegría más a mi vida. 

Prisionera de tu veredicto, ¿cómo no te pude ver?
Tus pétalos consagrados derretidos al sol. 
Te esperé bajo la luna mansa, 
era mi delirio verte florecer. 
Qué tan tarde habré llegado, 
por cuánto tiempo te habré sofocado 
en recuerdos mutilados
que aún debíamos haber formado. 

Tejiendo tu velo morturio,
revestida en miradas ajenas.
En la lejanía unos ojos siguen llamando,
claman las estrellas por su compañía y compasión,
cuando partiste y ya no regresaste,
de cuando apareciste sin presentarte,
cuando floreciste y no me avisaste.

Pero si no eras vos,
era quien se cubría de un manto de cuerpo celeste.
Y si eras vos,
en un mundo donde todo es aparente,
te fuiste de mi y yo te sigo esperando.

Eternamente bella, cuán desconocida para mi
en mi deseo impertinente de tenerte.
Pero vas a ver muy seguramente
que mañana con mis pasos voy a volver
arrastrándome, trepándome hasta tus brazos
con la ansia única de saber cuál ha de ser
la esencia que da forma a tu ser terciopelado,
de tu color y de tu nombre
que un día ya habré olvidado.

Alegría de mi vida, 
escuché de tus labios que te vas. 
Demasiado lejos como para abrazarte,
verte escucharte o admirarte,
¿qué me queda sino esperarte?

Mi corazón reboza de alegría por tu florecimiento, 
aunque fuera del alcance, lejos de mi agarre, 
nunca tan lejos como para que estos mis pensamientos, 
de mi mirada, de mis besos, que jamás he de darte, 
no se embarquen, levanten el vuelo,
por hallar algún consuelo 
en que no puedo, 
no puedo dejar de amarte. 

Mal de corazón, bien de mi vida. 
Supiste arrancarme de la parte de mi soledad 
que me mantenía herida. 

Tan solo existir a tu lado
era el deseo de mi vida. 
Tornarme parte de tu pasado
en verdad fue 
la alegría de mi vida. 

Te llevaste algo mio cuando fuiste. 
Algo tenemos adeudado, 
y aunque siempre te voy a estar esperando
algún día, seguramente, me habré cansado. 
Ese día va a ser el día 
en el que deje todo y corra tu lado. 



Manuscrito en Poemario Negro.

Comentarios