Aquella esquina

¿Cuándo un lugar deja de ser un lugar

en el que se puede habitar?


Cuántos años han pasado

desde que me embarqué en la búsqueda,

en hallar ese lugar, esa esquina

en donde poder ser, escribir, existir.


En un momento dado, llegué a la conclusión

de que tal lugar no existía.

Que este lugar no podría ser existente,

porque todo lo ya existente, no me pertenecía.


Para ser capaz de hallar este lugar, o algo similar,

debía ser creado por mí misma.


Ha de ser porque este sentimiento

ocupó por tanto tiempo mis pensamientos

que creí real esta narrativa,

y con ello perdí un hogar, al perderme a mí misma.


Sin fuerzas para crear algo propio,

las circunstancias me llevaron a habitar

esquinas, espacios aún más ajenos.


Debajo de un lapacho amarillo, un limonero,

un árbol de nombre aún desconocido,

¿cuándo fue que me hallé?

¿cuándo fue que la rutina

se acomodó a mis deseos?


La respuesta siempre estuvo allí,

escondida a simple vista, aunque no supe mirarlo,

siempre estuvo ahí, aunque no lo pude ver,

a pesar de siempre estarla acariciando.


Hallé mi corazón, mi esquina,

cuando comencé a escribir

sin importar el cómo,

sin mirar el lugar, ni mi estado.


Cuánto tiempo tuvo que pasar

para darme cuenta,

y qué habría de haber sido de mí

si no me hubiera percatado.


Aquel temor primero de mi corazón,

ya se venía confirmando.

En mis idas y vueltas, no había forma

de no haberme fijado,

de que, tanto acá como allá,

ya no era más que un huésped,

un refugiado.


Por primera vez sentí,

aunque ya solo mirando al pasado,

que en ese lugar,

todo alrededor,

cada rincón, esquina,

sombra, musgo,

todo le pertenecía,

todo le era dado.


Porque por primera vez sentí

que yo era del mundo, de su merced,

pero nada de ese mundo era mío, o para mí.


¿Era aquel sentimiento de corazón un augurio?

¿O era que lo sentía con tanto fervor

que lo obligó a suceder?

O quizás es algo que todos ya saben,

y para los que dudan, son obligados a ver.


Si es así,

incluso si no es así,

era algo que debía de acontecer,

o al menos,

que bueno que aconteció.


Así pude entender que esa esquina,

ese espacio anhelado por este corazón,

siempre estuvo donde estuve yo.


Ahora entiendo, y sigo entendiendo,

que mi esquina es en donde mi corazón

y mi alma encuentre paz, y ese sustento

que le permita con saciedad divagar en aquello que llevo dentro.


Algunas veces sobre el camino,

bajo un árbol desconocido,

al recordar unos ojos, una sonrisa,

al pensar en el pasado,

en el lugar menos pensado, en el menos práctico,

mirando a los hermanos charlar en ese manto

de cielo estrellado.


Fue bueno entenderlo,

justo a tiempo lo entendí,

porque el corazón es frágil

en especial el que se enamora.


Porque cuando ese corazón admitió haberse enamorado,

de esas colinas, de esos cauces,

cuando regresó a darle de su amor

ya nada suyo encontró.


Esa es tu condena, corazón mío.

Quizás yo misma te condené,

quizás vos mismo te condenaste.


Esa es la verdad que envuelve a mi alma,

que bien puede no ser verdadera.

Te he contado sobre mí, a modo de confesionario,

porque has sido, en parte, quien me ha salvado.


Te arranqué de tu lugar, te obligué a ser como este corazón.

Yo sé que si viniste conmigo, es por tu propio designio,

que algo como mis palabras, más allá de convencer,

jamás te pudieron haber obligado.


Así que ahora sabés mi verdad,

a lo que te he orillado.

Sos libre de volver,

de apartarte de mi lado.

Aunque yo siempre te voy a tratar,

como si nunca te hubieses marchado.


Manuscrito en Poemario Negro.

Comentarios