Un diciembre, pasamos todo, felices fiestas, hasta el año que viene. Un equinoccio, tres meses, sentarme a tu lado cual su fuéramos siameses. Por eso mis pasos se pusieron en marcha de vuelta, caminaron como descalzos, tropezaron sin pausa. Soltaron mis labios una plegaria, sin saber yo rezar, contra el vidrio templado de horizonte demacrado, marcado difuso por el anhelo sin nombre de volverte a encontrar. Tras las escalinatas, no habían sino miradas, rostros en blanco y sonrisas marcadas, ajenas a nuestra existencia, indiferentes a nuestra ausencia. Quedé, entonces, yo, con los hielos en las manos sin saber dónde dejar reposar el alma por no hallarte a mi lado. Quedé, entonces, yo, varada, sin entender qué había pasado. Hoy, sin embargo, por fin he escuchado, alegría de mi vida, que te has marchado. Demasiado lejos, como para compartir un abrazo. Demasiado lejos, como para volver a ans...